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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Xi Jinping ‘limpia’ y reforma el Ejército chino.

El Presidente chino, Xi Jinping, asiste a una ceremonia por la Masacre de Nanjing. Johannes Eisele/AFP/Getty Images

Así es como el presidente chino controla y transforma las Fuerzas Armadas del país con el objeto de respaldar militarmente su asertiva política exterior.
El líder chino Xi Jinping maneja con firmeza el Ejército Popular de Liberación (EPL) y ha emprendido una auténtica revolución para impulsar la capacidad de combate de las Fuerzas Armadas más numerosas del mundo, con 2.250.000 efectivos. La reforma del presidente de China afecta tanto a la forma como al fondo. Tanto a la reorganización de las regiones militares y a la dotación de nuevo armamento, como a la lucha sin cuartel contra los males que tradicionalmente han aquejado al EPL: la corrupción, el faccionalismo y la intromisión en los asuntos políticos. Nada más ascender al poder como secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), en noviembre de 2012, Xi Jinping dejó claro que quería un Ejército limpio de corrupción, que siguiera sin ambages las directrices del PCCh y que fuese capaz de “ganar guerras” y de defender el ascenso de China como hiperpotencia. 

Solo Mao Zedong y Deng Xiaoping tuvieron un dominio semejante sobre la milicia. Xi, que es presidente de la todopoderosa Comisión Militar Central (CMC), quiso escenificarlo el pasado abril, cuando, con uniforme de camuflaje y el título de comandante en jefe,  inspeccionó el recién creado Centro de Mando Conjunto de Combate. El único que anteriormente lució esos galones fue, entre 1949 y 1954, el mariscal Zhu De, fundador del EPL en 1927. La autoridad para marcar el paso a los uniformados no es baladí. En 2011, los generales dejaron en ridículo al entonces presidente Hu Jintao al probar sin que él lo supiera y durante la visita del entonces secretario de Defensa de EEUU Robert Gates, el  avión de combate furtivo Chendu J-20. Este caza de quinta generación, dotado de un radar AESA, misiles aire-aire, aire-tierra y antibuque, con autonomía para operar lejos de su territorio, interceptar aviones enemigos y patrullar por los mares que China disputa a sus vecinos es la joya de los avances tecnológicos del EPL.

Convencido de que la corrupción deteriora la efectividad de las tropas, el Presidente chino emprendió una feroz campaña de limpieza de las Fuerzas Armadas, que continúa recorriendo las filas castrenses de arriba abajo y ha expulsado de estas a miles de oficiales y suboficiales. Los altos mandos militares, que nunca antes tuvieron que rendir cuentas, asisten ahora atónitos a la caída de uno tras otro. Ya son más de 40 los tenientes generales detenidos o investigados, entre los que se incluyen dos ex vicepresidentes de la CMC, Guo Boxiong, condenado a cadena perpetua en julio pasado, y Xu Caihou, que falleció poco después de que se le abriera investigación sin que llegara a acusársele oficialmente de corrupción. Los dos generales eran considerados estrechos aliados del ex presidente Jiang Zemin, quien seguía manteniendo influencia en una parte del EPL después de dejar en 2004 la presidencia de la CMC. 

Para muchos analistas, esto significa que más que atacar la corrupción, lo que Xi Jinping está haciendo es una purga descarnada tanto a nivel castrense como en el seno del PCCh. Según la agencia oficial Xinhua, Guo fue encontrado culpable de aceptar “enormes cantidades en sobornos” y de utilizar su posición para promover y asignar cargos a los de su entorno. Una de las grandes debilidades del EPL, objeto actualmente de un amplio debate interno, es que su preparación para el combate se encuentra mermada por el colapso del sistema meritocrático de ascensos. Se teme que muchos de los galones otorgados en las últimas décadas lo han sido más por lealtad y compadreo que porque el militar que los lleva sea el mejor. La creación del Alto Estado Mayor del EPL y la transformación de las siete regiones militares en cinco teatros de operaciones, todo ello bajo la supervisión directa de la CMC, pretende atajar esa flaqueza al tiempo que impone un estricto sistema de ascensos.

El EPL no ha probado su destreza en el combate desde 1979, cuando Pekín decidió “dar una lección” a Vietnam por invadir Camboya, pero las tropas chinas solo se salvaron por su superioridad numérica. Después de décadas de lucha contra los franceses, los japoneses y los estadounidenses, los vietnamitas hicieron gala de su capacidad combativa e infligieron graves daños a su poderoso vecino del norte. La Defensa era una de las cuatro modernizaciones puestas en marcha por Deng Xiaoping en diciembre de 1978 −junto a la agricultura, industria y ciencia y tecnología−, con las que China se convirtió en la segunda potencia económica mundial. Agotado el modelo adoptado entonces, la reestructuración emprendida por Xi Jinping pretende consolidar el sistema económico, político, social y militar de China como hiperpotencia del siglo XXI.

La desaparición de las regiones militares obedece a la necesidad de evitar problemas del pasado como que el mando militar de la región se convierta en cacique, que campe por sus respetos y anteponga los intereses locales a los nacionales. Los mandos de los nuevos teatros de operaciones, que responderán ante la CMC, serán responsables de “hacer frente a las amenazas de seguridad, mantener la paz y limitar un conflicto”. Con la reorganización militar se ha creado una Comisión de Investigación Disciplinaria independiente de la existente en el partido, subordinada directamente a la CMC, a la que rinde sus informes. Según el Diario del EPL, se han formado 10 grupos de investigadores de esta comisión que han sido adscritos a los distintos teatros de operaciones para supervisar el desarrollo de las actividades. La reforma incluye también la reducción de 300.000 soldados antes de que finalice 2017, la mayoría del Ejército de Tierra, lo que ha sido acogido por la tropa con cierta reticencia. 

Muchos temen que después de años de servir a la patria salgan de las filas castrenses en un momento de enfriamiento de la economía, lo que dificultará sus posibilidades de encontrar trabajo. Varios centenares de desmovilizados se manifestaron a mediados de octubre en Pekín para pedir al Gobierno que les facilite un empleo. Después de décadas con un crecimiento de dos dígitos en el presupuesto militar, el Gobierno ha anunciado que el aumento para este año se limitará al 7,6%. Esta reducción, que propicia la limitación de efectivos y de las masivas compras de armamento realizadas en los últimos años con las que China ha impulsado la modernización de su Ejército, se enmarca sin embargo en la tendencia de aterrizaje del incremento del PIB, que se prevé que se situé este año en el 6,7%. La media de las tres décadas anteriores fue del 10%. Tal vez lo más significativo es la decisión china de desprenderse de su “ejército popular”. Pekín es consciente de que ahora necesita una “fuerza de combate global” con la que hacer frente a los retos que se le presentan. 

En este sentido, el ejército de Tierra va a reducir considerablemente su influencia en aras de los nuevos cuerpos que se  crearon a finales de 2015, la Fuerza de Misiles y la de Apoyo Estratégico. Ambas se han establecido de forma independiente de las tradicionales de Tierra, Mar y Aire, y se han convertido en el nuevo bastión de la defensa china. La Fuerza de Misiles incluye los cohetes de medio y largo alcance, tanto convencionales como nucleares, además de las crecientes flotas de submarinos y aviones estratégicos, como los superbombarderos. La Fuerza de Apoyo Estratégico engloba a “los nuevos tipos de fuerzas”: las espaciales, las ciberfuerzas y otras con capacidades electromagnéticas. Para Pekín, la guerra del futuro se librará fundamentalmente en el ciberespacio, de ahí su actual empeño en captar a los mejores alumnos de las universidades y escuelas de ingeniería para dedicarles a construir su ciberfuerza. Superado el viejo temor a una invasión terrestre, China considera que ahora su mayor amenaza proviene de los mares del Sur y del Este, por lo que ha dado un fuerte impulso tanto a la Armada como a la Aviación. 

Según la revista estadounidense The National Interest, lo que más teme Washington de su rival es “la enigmática capacidad de China para realizar operaciones cibernéticas ofensivas”, que pueden incluir desde acciones psicológicas a la destrucción de infraestructuras enemigas o ataques informáticos que siembren el caos en el sistema financiero, energético o de transportes. Es evidente que Xi Jinping se apoya mucho más que sus predecesores en el EPL debido, muy posiblemente, a la decisión de dotar a su política exterior, mucho más asertiva que antes, de la fuerza necesaria para defender sus reivindicaciones soberanistas en los mares del Sur y del Este de China, garantizar que Taiwan siga formando parte de la “integridad territorial china” y expandir su influencia en un mundo globalizado. Además, la creciente rivalidad que mantiene Pekín con EE UU en el Pacífico se ha convertido en una de las mayores obsesiones del nuevo comandante en jefe, quien al igual que Mao, gusta de exhibir su músculo militar con espectaculares desfiles, como el de septiembre de 2015.

Según Christopher Johnson, analista del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales de Washington, si el EPL perdiera una guerra local contra, por ejemplo, Japón, sería catastrófico y “supondría el fin del PCCh”. No es de extrañar, por tanto, la preocupación de Xi Jinping ante un eventual conflicto con Washington cuya superioridad militar es de seis a uno, aunque el presupuesto del Pentágono sea solo tres veces mayor que el chino. Hijo de uno de los fundadores del PCCh, Xi ha dado un giro nacionalista y populista a la política china, con el que garantizar la entronización del partido como único garante del bienestar de los 1.380 millones de ciudadanos. Tras los logros económicos alcanzados por sus predecesores, Xi pretende ganarse –más con autoritarismo que con libertades–  el corazón de sus compatriotas para que se impliquen en el renacimiento de China y en su recuperación del centro del mundo, posición que mantuvo desde la fundación del imperio hace 2.200 años, hasta que Occidente la puso de rodillas en el siglo XIX.

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